La bici como protagonistas de libros

Cortázar, en Historias de cronopios y famas, realiza una bella humanización de la bicicleta como un ser modesto y de humilde condición social que es desterrado de las agencias comerciales y de bancos.

Ernest Hemingway en su legendaria crónica “París era una fiesta” afirma que alguna vez plasmará en un cuento la singular atmósfera del Vélodrome d’Hiver y las competencias del Stade Buffalo en Mountrouge, al sur de París, así como en el Parc des Princess. Lo que promete hacer en un relato, lo hace en esta memoria de los bohemios años 20 en la ciudad de la luz.

Miguel Delibes rescata, entre otras anécdotas, una historia de su infancia en su libro “Mi querida bicicleta”, al contar el peculiar modo en que se inició en la práctica del ciclismo, pues para él la audacia de esta consagración no consistió tanto en cómo echar a andar el velocípedo, sino en cómo frenarlo. Por el temor a detenerse, estuvo gran parte del día pedaleando angustiosamente.

En su Elogio de la bicicleta, el antropólogo francés Marc Augé comenta sus experiencias en ese medio de transporte, mientras repasa la historia de este vehículo en tres tiempos: el mito, la crisis y la utopía. Plantea que el ciclismo promueva una integración de valores que dé paso a un futuro de reconciliación con lo más afable de la humanidad.

El holandés Tim Krabe, en 1978, escribió una novela autobiográfica titulada “El ciclista”, donde cuenta su experiencia en el Tour del Mont Aigoual y cómo perdió la competencia. En ella plantea que el heroísmo está ligado a lo infausto, al tiempo que intercala reflexiones y anécdotas sobre el ciclismo.

El chileno Antonio Skármeta también se ocupó del tema en su cuento El ciclista del San Cristóbal, donde el día de la competencia de un corredor de ciclismo coincide con la agonía de su madre enferma. Deporte y poesía se entretejen en esta obra que plantea dos desenlaces en uno.